La mayoría de las vivencias que experimentamos a lo largo de nuestra vida están repletas de emociones. Éstas nos mueven, encaminan nuestra vida y, en definitiva, nos definen como personas.

Además, nos indican cómo debemos reaccionar ante diversas situaciones, pues tienen un papel fundamental en nuestra supervivencia. Como por ejemplo, imaginemos que estamos en una selva y se acerca un tigre, la emoción que surge en nosotros en ese momento sería el miedo, que nos provocaría una respuesta de huída para no ser devorados.

Las emociones nos ayudan a sobrevivir y a saber cómo reaccionar y enfrentarnos ante diferentes estímulos. Se trata de un complejo y dinámico estado funcional de todo nuestro cuerpo.

Para que las emociones ejerzan su función adaptativa más eficiente, resulta necesario e interesante aprender a gestionarlas, pero para ello primero es imprescindible identificarlas y reconocerlas.

Cuando nacemos, lo hacemos con una serie de emociones innatas que nos ayudan a adaptarnos a todas las situaciones que ocurren a nuestro alrededor. Según Paul Ekman, existen 6 emociones básicas: tristeza, alegría, ira, asco, miedo y sorpresa.

Todas ellas son igual de necesarias, sin embargo cuando alguna de ellas es más intensa o se prolonga en el tiempo más de lo necesario, es cuando son desadaptativas en nuestra vida diaria y provocan comportamientos y consecuencias negativas.

La identificación (nombrar la emoción que siento) y el reconocimiento (darme cuenta que tengo una emoción) de éstas ayuda a un mejor autoconocimiento emocional y, en consecuencia, a un mayor y mejor control de las mismas, por lo que es posible tener reacciones más adaptativas. Esto es lo que se denomina gestión de las emociones.

Para que nuestros niños aprendan esto de manera dinámica y divertida es a través de métodos lúdicos. Un ejemplo de ello son las películas, como “Del Revés”, que explica de forma amena y entretenida la importancia que tienen todas las emociones para tener una vida equilibrada y adaptativa. Identificar y reconocer la emoción que estaba sintiendo, en este caso su protagonista, hacía que ese recuerdo que generaba tuviese mayor valor, es decir, gestionaba la emoción. 

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